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Los
bizantinos tomaron su nombre de Bizancio, una antigua
ciudad griega situada en el Bósforo, vía
fluvial estratégica que une el Mar Negro con
el Egeo. En el siglo IV, el emperador romano Constantino
la había rebautizado como Constantinopla, convirtiéndola
en la segunda capital de su imperio. El Imperio Romano
de Oriente sobrevivió casi mil años al
Imperio Romano de Occidente, defendiendo Europa de las
invasiones orientales de los persas, árabes y
turcos. Los bizantinos perduraron porque Constantinopla
estaba bien defendida por murallas y podía ser
abastecida desde el mar. En el cenit de su esplendor,
a mediados del siglo VII, los bizantinos habían
recuperado gran parte de los territorios del antiguo
Imperio, excepto la península Ibérica
(actualmente España y Portugal), la Galia (actualmente
Francia) y Gran Bretaña. Los bizantinos también
mantuvieron el control sobre Siria, Egipto y Palestina,
aunque a mediados del siglo VII lo habían perdido
ante los árabes. Desde entonces, su imperio consistía
principalmente en los Balcanes y la Turquía actual.
El
primer gran emperador bizantino fue Justiniano I (482
a 565). Su ambición era restaurar el antiguo
Imperio Romano, lo que estuvo casi a punto de lograr.
Su instrumento fue Belisario, el gran general de la
época, quien agrandó el imperio por
los cuatro puntos cardinales derrotando a los persas
por el este, a los vándalos en el norte de
África, a los ostrogodos en Italia y a los
búlgaros y eslavos en los Balcanes. Además
de sus campañas militares, Justiniano sentó
las bases de su futuro imperio al establecer un fuerte
sistema administrativo y legal. También fue
un defensor del cristianismo.
La
economía bizantina fue durante muchos siglos
la más rica de Europa porque Constantinopla
estaba muy bien situada en las rutas comerciales entre
Asia, Europa, el Mar Negro y el mar Egeo. También
era un punto de destino importante para la Ruta de
la seda desde China. El nomisma, la principal moneda
de oro bizantina, fue la moneda oficial del Mediterráneo
durante 800 años. Finalmente, la posición
estratégica de Constantinopla atrajo la envidia
y la animosidad de las ciudades-estado italianas.
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